En la psicología colectiva de cada nación hay memorias aterradoras. En algunos casos son desastres naturales, como terremotos, huracanes o inundaciones.
A veces son epidemias. También guerras y luchas tribales. O quizás los sufrimientos cuando se estuvo bajo el dominio de estados vecinos. En la RD se teme, entre otras cosas, a las reformas tributarias.
Esto así pues las reformas se hacen casi siempre para aumentar la carga impositiva, usualmente sin pensar mucho en sus consecuencias, ya que suelen acometerse bajo la presión de déficits fiscales que tienen que ser subsanados obligatoriamente.
Dada esa percepción, es lógico que los gobiernos afirmen que sus modificaciones tributarias no constituyen una reforma. Indexar impuestos existentes, por supuesto, no lo es, pero eliminar exenciones no difiere mucho de crear nuevos impuestos.
Podría ser que fuera conveniente reducir algunas exenciones, sólo que las razones dadas para hacerlo, tales como el compromiso con el FMI o la disminución del déficit fiscal, no son suficientes para convencer a la opinión pública.
Habría que evaluar mejor sus efectos y presentar los resultados claramente. Cómo afectará el costo de la vida y los presupuestos familiares. Qué efecto tendrá sobre la distribución del ingreso. Cuáles sectores serán más impactados. Qué incidencia tendrá sobre el empleo. Cómo se afectará la competitividad del país, el comercio exterior y la producción interna. Si incidirá o no sobre el crecimiento económico y las recaudaciones de otros impuestos. Cómo sustituirá el gasto público al gasto privado que se dejará de hacer. Y cuál será la efectividad y el costo de implementación.
Informaciones como ésas son las que deberían servir para decidir si conviene o no eliminar o reducir exenciones. En su ausencia, la discusión sólo refleja puntos de vista parciales, basados en criterios subjetivos.
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