La reforma financiera aprobada por el Senado estadounidense con 60 votos a favor y 39 en contra fue un gran triunfo para el partido demócrata. Por lo menos, eso esperan sus dirigentes.
El sector financiero luchó contra ella, pero la política se impuso, ayudada por la obstinación de los bancos de seguir pagando grandes bonificaciones a sus ejecutivos, lo cual dio más municiones a sus adversarios.
Conscientes de la actitud popular contraria a los bancos, y con la mira puesta en las elecciones de noviembre próximo, los demócratas aprobaron lo que se dice son los mayores cambios en la regulación bancaria desde la Gran Depresión de los 1930's.
Se crea una nueva entidad de protección a los usuarios de servicios financieros. Se otorga más poder a los reguladores para liquidar bancos en problemas. Los fondos de inversión enfrentarán un mayor escrutinio. Se modificará el funcionamiento de las agencias calificadoras. Se limitan las operaciones de los bancos con instrumentos derivados. Se establecen requisitos de capital más altos. Y se crea un Consejo de reguladores para evaluar el panorama global.
Los republicanos, en cuyo gobierno estalló la crisis, alegan que la reforma no resuelve los problemas del mercado de viviendas, donde se inició el colapso.
Los demócratas culpan a la banca por la crisis financiera, como lo ilustran las palabras del senador Dodd, principal defensor de la reforma, quien expresó lamentar no poder devolver los trabajos perdidos, restaurar las viviendas ejecutadas o reponer los ahorros para pensiones perdidos, pero dijo confiar que con la reforma algo así no volverá a ocurrir jamás.
Pero con sus 2,300 páginas, sin embargo, la reforma es difícil de entender. Una encuesta reveló que 38% de los encuestados no ha oído hablar de ella y otro 33% la ha oído mencionar pero no tiene la más mínima idea de qué se trata.
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