En lo que concierne a la deuda externa, la atención de la opinión pública, aquí y en todas partes, se concentra sobre el sector público. Las deudas privadas apenas son mencionadas.
La razón es que la deuda pública es responsabilidad de todos, en tanto que la privada recae específicamente sobre quienes la contrajeron. Se supone que el crédito público no está en juego, ni hay que acomodar los intereses y las amortizaciones en el presupuesto nacional.
Pero esa aparente irrelevancia de las deudas privadas está siendo cuestionada actualmente.
Un aspecto crucial a considerar es la exposición al riesgo de variaciones cambiarias. En ese sentido, hay una gran diferencia entre los Estados Unidos y Europa, por un lado, y los países como el nuestro por el otro.
La mayor parte de las deudas externas de las empresas estadounidenses son expresadas en dólares, y gran parte de las europeas están en euros. Ese hecho deja al costo en intereses como el principal riesgo para la empresa que contrae la deuda. En esas condiciones la diferencia entre deuda externa e interna es mínima, pues se limita a la nacionalidad del acreedor.
En los demás países, sin embargo, las deudas privadas involucran contratar pasivos en moneda extranjera, lo que las somete adicionalmente al riesgo cambiario, incrementando su peligrosidad y reduciendo su atractivo. Sólo aquellas empresas con ingresos en moneda extranjera pueden aventurarse confiadamente a endeudarse en el exterior. Por esa razón se observa que el endeudamiento privado externo es mucho mayor en los países desarrollados que en los subdesarrollados.
En todo caso, los rescates de empresas que se produjeron en Europa y los Estados Unidos como resultado de la crisis financiera y la recesión económica han puesto de manifiesto que las deudas privadas pueden convertirse en deudas públicas, sin que importe que sean internas o externas.
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De Gustavo Volmar