Todos los pronósticos económicos conllevan un margen de error, el cual se trata de calcular a fin de establecer la confiabilidad de las predicciones.
Cuando ocurre un gran desastre natural, como el terremoto en Haití, es muy difícil predecir sus consecuencias económicas, pues de inmediato se desconoce la gravedad de los daños y se carece de datos para medir las posibles implicaciones.
Las primeras informaciones normalmente se relacionan con el número de víctimas, las imágenes de edificaciones colapsadas y el agudo drama humano secuela del evento, en tanto que los primeros objetivos son hacer llegar alimentos, desarrollar labores de rescate, ofrecer asistencia médica, prevenir epidemias y habilitar alojamientos.
La determinación de las implicaciones económicas suele venir más adelante, cuando se calculan los efectos sobre las estructuras productivas, tales como fábricas, plantaciones y medios de comunicación, la pérdida de empleos, el impacto sobre el PIB, la merma en las exportaciones, los costos del desplazamiento de personas, las necesidades de importación y las consecuencias financieras.
Haití era ya un estado de dudosa viabilidad. Con 9 millones de habitantes en un pequeño territorio montañoso deforestado por ellos mismos, quedando apenas un 2% de su cobertura boscosa anterior, tiene una densidad poblacional insostenible en base a actividades tradicionales.
En la posición 146 entre los 177 países del índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas, carece de actividades no tradicionales que puedan absorber a los desempleados y subempleados, más del 40% de la población.
Aunque es difícil de elaborar, el estimado de las consecuencias económicas del desastre es vital para la RD, pues puede afectar las proyecciones de nuestra propia economía, incluyendo el desempleo, el gasto social, las inversiones públicas y el déficit fiscal.
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