Los crímenes informáticos están aumentando vertiginosamente. Ante esa realidad el gobierno estadounidense acaba de designar a Howard Schmidt como coordinador de la seguridad cibernética del país. Schmidt es actualmente presidente del Foro de Seguridad Informática, una organización que agrupa unas 300 grandes corporaciones privadas y entidades del sector público. Trabajó para la Fuerza Aérea y el FBI, y se desempeñó como oficial principal de seguridad en Microsoft y como jefe de seguridad de informaciones en eBay.
Algunos delitos cibernéticos son difíciles de analizar. Si el propósito de un crimen es obtener una ganancia financiera, se le puede evaluar como una actividad económica más, sujeta a decisiones racionales basadas en costos y beneficios.
El beneficio es el valor en dinero que el delincuente espera lograr. El costo principal es la penalidad a la que se arriesga, la que a su vez depende de la severidad de las sanciones establecidas y de la probabilidad de ser capturado.
Muchos delitos cibernéticos, por supuesto, tienen motivaciones económicas, como sucede con los robos de números de tarjetas de crédito, las falsificaciones de documentos, las suplantaciones de identidades y las alteraciones de historiales de crédito.
Pero otros, como la creación y dispersión de programas virales maliciosos, el bloqueo de páginas de la Web, y la penetración de redes de información clasificada, obedecen muchas veces a un deseo de demostrar habilidades técnicas afectando a terceros, y ufanarse por ello ante los colegas. Como, al igual que los crímenes pasionales, la ganancia en esos casos no es financiera, su análisis es difícil e impreciso. Pero no hay duda de que, sea cual fuere su motivación, los daños provocados son cuantiosos.
Hay, sin embargo, un factor común en todos los delitos cibernéticos. A mayor penalidad probable, mayor es la disuasión.
gvolmar@diariolibre.com