Para detener la caída de sus economías, los países desarrollados, liderados por los Estados Unidos, ampliaron sus facilidades de crédito y redujeron sus tasas de interés.
Al mismo tiempo, la incertidumbre causada por el desempleo y por el descenso en el valor de las propiedades inmobiliarias ha hecho que suba el porcentaje de sus ingresos que las personas ahorran. La consecuencia es que hay actualmente una gran cantidad de dinero en busca de oportunidades de inversión.
Los inversionistas prefieren valores de empresas con buenas perspectivas de ganancias en el futuro próximo, como sucede con los productores de bienes básicos, como alimentos, petróleo y metales, cuyos precios tienden a subir junto con la recuperación económica mundial.
Y prefieren valores expresados en monedas que estén aumentando de precio en los mercados cambiarios.
Los valores brasileños cumplen ambas condiciones y por eso miles de millones de dólares han ingresado a ese país para ser colocados en su mercado financiero. Por esa razón la moneda brasileña, el real, ha subido en relación con el dólar y otras monedas y existe inquietud respecto de la competitividad de las exportaciones brasileñas, en especial productos industrializados como vehículos y otras manufacturas.
Ante esta situación el gobierno brasileño anunció esta semana que cobrará un impuesto del 2% sobre las inversiones extranjeras en bonos y acciones. Hasta mediados del 2008 hubo un impuesto del 1.5%, pero ahora es más alto y cubre una más amplia gama de valores.
La medida persigue desalentar las entradas especulativas de fondos de corto plazo. Como el impuesto se cobra por una sola vez, al momento en que se hace la inversión, su impacto es tanto mayor cuanto menos tiempo permanezcan invertidos los fondos.
Organismos como el FMI no favorecen este tipo de impuestos y consideran que puede ser evadido.
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