En América Latina, las elecciones suelen tener consecuencias económicas significativas. En la República Dominicana, por ejemplo, el gasto público aumenta y la inversión privada se contrae en espera de los resultados. Lo mismo sucede también en otros países de la región.
La magnitud de esas consecuencias está en relación directa con la institucionalidad. Mientras más débiles son las instituciones, mayor es la discrecionalidad de las autoridades y más elevada es la aprehensión e incertidumbre respecto de lo que puede pasar después de las elecciones.
Las elecciones argentinas del domingo, adelantadas por el gobierno a su conveniencia, ilustran este tipo de situación. Aunque eran elecciones de medio término, para concejales y legisladores, los argentinos temen que el gobierno, ya sin presión electoral, permita que la moneda del país, el peso, se deprecie respecto del dólar.
De hecho, muchos consideran que el gobierno, con su mayoría congresional, adelantó en cuatro meses la fecha de las elecciones precisamente para tener las manos libres para dejar que la moneda se devalúe, lo que ha sido negado por las autoridades.
En lo que va del 2009 el peso argentino ha perdido un 8.6% de su valor frente al dólar, el peor desempeño entre todas las principales monedas latinoamericanas. De marzo a junio de este año las reservas de divisas han bajado un 8%, debido a ventas de dólares por el banco central para apuntalar el peso.
Los argentinos han respondido sacando cinco mil setecientos millones de dólares al exterior en el primer trimestre, y traspasaron mil trescientos millones de depósitos bancarios de pesos a dólares entre marzo y mayo.
Por supuesto, en un país con institucionalidad, si la moneda está realmente sobrevaluada, el banco central no tiene que acomodar sus políticas en función de intereses políticos ni esperar que pasen las elecciones para actuar.
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